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15-02-2006
Descripción:
Imaginen que están leyendo un cuento (o novela, para el caso es igual) en donde hay un personaje inmerso en una realidad que parece segura, conocida y cotidiana, casi diríamos trivial. Supongamos, por ejemplo, un jubilado que se preocupa por la pensión y juega al truco con sus amigos en la plaza. O un hombre maduro, casado con la mujer que ama aun cuando la dama tenga algunas conductas extravagantes. O un periodista que visita, por cuestiones de trabajo, un pueblo de la Patagonia. O un teniente del ejército francés que va a inspeccionar una cárcel. O un condenado que se refugia en las extrañas construcciones de una isla deshabitada. ¿Listo? Ahora empiecen a ver cómo esa realidad se desajusta; al principio sólo un poco. Los jóvenes se muestran algo prepotentes con los viejos; la mujer empieza a insistir obsesivamente con comprar un perro; en el pueblo hay una finca de donde no sale nadie desde hace un año; el gobernador parece estar conspirando con algunos presos; el fugitivo ve cómo la isla se llena de gente sin que haya atracado ningún barco.
A nuestro personaje la situación no le resulta demasiado comprensible: algo no encaja. Como haría cualquiera de nosotros, trata de interpretarla mediante las leyes naturales de la percepción o de la lógica. Pero descubre con horror que esas leyes se le despatarran, que no le dan respuestas. Mientras tanto, la realidad se le desajusta del todo, y las respuestas están siempre en otra realidad, en la que él jamás hubiera pensado.
Ahora imaginen que, además de esa espléndida incomodidad, hay como un hilo muy fino de humor que atraviesa la escritura, un léxico preciso y vigoroso, un estilo natural (pero pulido, hasta podemos sentir el placer del escritor al trabajar), ideas brillantes que generan historias siempre contundentes. Y entonces les diré que, seguramente, están leyendo a Bioy. - Noemí Pendzik. Revista Lea. Año 1, Nº 3.
A nuestro personaje la situación no le resulta demasiado comprensible: algo no encaja. Como haría cualquiera de nosotros, trata de interpretarla mediante las leyes naturales de la percepción o de la lógica. Pero descubre con horror que esas leyes se le despatarran, que no le dan respuestas. Mientras tanto, la realidad se le desajusta del todo, y las respuestas están siempre en otra realidad, en la que él jamás hubiera pensado.
Ahora imaginen que, además de esa espléndida incomodidad, hay como un hilo muy fino de humor que atraviesa la escritura, un léxico preciso y vigoroso, un estilo natural (pero pulido, hasta podemos sentir el placer del escritor al trabajar), ideas brillantes que generan historias siempre contundentes. Y entonces les diré que, seguramente, están leyendo a Bioy. - Noemí Pendzik. Revista Lea. Año 1, Nº 3.
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